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PUEDO, PUEDES... ¿PODEMOS?

Trata de llamar la atención, especialmente de los jóvenes, sobre lo que considero que debe ser la verdadera innovación política en nuestro tiempo y propone un formidable reto: la superación del partido político que monopoliza la democracia representativa acometiendo una imaginativa hoja de ruta que ponga coto a los populismos de todo signo.

DE PASOTAS A IMPLICADOS

 

El 15 de mayo de 2011, en medio de una profunda crisis económica y en plena degradación y obsolescencia del modelo representativo dominante, la rutina de una sociedad aletargada y pasota se vio alterada por una formidable movilización espontánea. Una joven ciudadanía indignada, al grito de “democracia real ¡ya!”, se rebeló contra nuestra “democracia vergonzante” y comenzó a tantear nuevas modalidades de afrontar lo público en ágoras y redes sociales interconectadas globalmente. Imponente movilización de una gran masa de “ciudadanos de perfil”, cuya acción política apenas había pasado de acudir a rutinarias citas electorales y a frustrantes manifestaciones de protesta. “Gracias ―les dijo Eduard Punset, uno de los escasos políticos españoles inteligentes― por mantener viva una esperanza que llevamos cultivando desde hace mucho tiempo”. ¡Bienvenidos! ―escribí entonces― si el ansia de innovar que se desprendía de sus multitudinarios debates llegase a ser el germen de innovaciones políticas de nueva generación orientadas hacia el logro de una gobernanza sostenible en el horizonte del ejercicio directo y global de la acción política.

 

¿INNOVACIONES POLÍTICAS DE NUEVA GENERACIÓN?

 

Cuando hablo de innovaciones políticas de nueva generación no me estoy refiriendo a las reformas constitucionales que, entre otros, el Prof. Soriano y yo propusimos, hace más de una década, en Democracia Vergonzante y ciudadanos de perfil. Reformas esenciales que, dicho sea de paso, tras airearse profusamente en los debates del 15M parecen haber caído en saco roto. ¿O, acaso, los instrumentos de democracia directa de nuestra Constitución no continúan siendo mera demagogia   —por escasos, restrictivos e impracticables— y los de democracia participativa, no siguen presos de los modelos institucionales y de los cauces de calculada ineficacia preestablecidos?

 

Por acometer innovaciones políticas de nueva generación orientadas —no se olvide esta coletilla— hacia el logro de una gobernanza sostenible en el horizonte del ejercicio directo y global de la acción política entiendo la voluntad colectiva de emprender con todas sus consecuencias el arduo quehacer de concebir, experimentar y poner a punto nuevos útiles políticos superadores de la última herramienta política conocida: el partido político. Y estoy hablando de superarlo, no de camuflar su palpable obsolescencia —como pretende la nueva casta— con ingeniosos ardides que sólo buscan controlarlo. Estoy convencido que el partido político, como anteriores fórmulas obsoletas de control del poder, debe ser substituido cuanto antes por útiles bien adaptados al nuevo ejercicio de éste demandado en cada tiempo. No afirmo que sea una tarea fácil. No lo es y, por supuesto, costará mucho diseñar una nueva democracia que no pivote sobre el partido político y el recurso al voto que hunde o catapulta al líder y nutre a sus acólitos. Sin embargo, aunque sea una tarea —insisto para que nadie se llame a engaño, orientada al logro de una gobernanza sostenible en el horizonte del ejercicio directo y global de la acción política— de decenas de generaciones, debe ser —y puede ser, como trataré de explicar— iniciada con carácter inmediato.

 

UNA OPORTUNIDAD PERDIDA

 

Lástima que el 15M, que tuvo el incuestionable mérito, ¡qué duda cabe!, de denunciar a bombo y platillo que la democracia española era —y es— exclusiva y excluyente; y, sobre todo, que  estaba —y está— manipulada por el juego trucado de los partidos políticos, fuese una oportunidad perdida para acometer lo que propongo: concebir, experimentar y poner a punto nuevos útiles — superadores del partido político al uso— de aprendizaje, iniciativa y control. Útiles dotados de, al menos, una decena de funciones inéditas para que la Política ni siga siendo más de lo mismo, ni quede a merced de inquietantes populismos de todo signo. A saber:   1) Inducir procesos instructivos y autoinstructivos eficientes que coadyuven a incrementar la cultura política. 2) Desbordar el corsé Estado-nacional de actuación. 3) Autogenerar las condiciones de autonomía y pluralismo que exige el ejercicio político. 4) Precisar escasa o nula necesidad de institucionalización. 5) Flexibilizar los procesos asociativos incorporando todo hecho asociativo imaginable, desde el más institucionalizado y permanente, hasta el más espontáneo, informal y transitorio. 6) Dinamizar el quehacer participativo mediante la participación a la carta. 7) Prescindir de todo tipo de militancia o membrecía en beneficio de la condición de usuario. 8) Socializar el protagonismo político tornando innecesarios los liderazgos al uso basados en la asunción exclusiva de la iniciativa, la dirección y la representación por uno o escasos dirigentes. 9) Admitir en su seno la cohabitación de enfoques y de actuaciones pluridireccionales, incluso antagónicas. 10) Potenciar el carácter virtual de la acción política ―en red, pero no enredados―, minimizando el componente asambleario y callejero. Esto —que sí sería innovar y no la huera cosmética mediática que ha dejado de tener gracia— creo que puede ser un verdadero reto para las nuevas generaciones. Comenzaré a explicarme…

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